Amor docente

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Hace unos meses Cuca da Silva (una pena que últimamente no actualice su blog), nos planteó a un grupo de docentes una pregunta aparentemente sencilla: ¿deben los profesores querer a sus alumnos? Se refería en concreto al alumnado con NEAE, pero era una cuestión extensiva al resto.

Antes de seguir leyendo, pensémoslo, e incluso anotemos una respuesta rápida en un papel. (…) ¿Ya está? Pues sigo.

En cuanto la hizo ya me dio la sensación de que la cuestión escondía más de lo que parecía, y de que dijésemos lo que dijésemos, nos iban a dar una lección. Empezamos a cruzarnos miradas, a intentar escaquear (como solemos hacer los profes cuando nos hacen estar “al otro lado”), y se escucharon varias respuestas con un cierto toque gallego: sí, ¿no? :-).

Nos dejó ansiosos un rato, y luego dio su visión: los docentes tienen que formarlos y educarlos, pues su trabajo es enseñar; para quererlos ya están sus familias y allegados. Aclaró que con ello no quitaba importancia al apego que se suele crear entre docente y alumnado, especialmente a ciertas edades, ni a la necesaria estima y empatía necesaria en cualquier relación humana. Pero que eso vendría después, o por añadidura, y que no podíamos perder nunca de vista que nuestro objetivo es lograr algo concreto (llámale currículum, llámale aprendizaje, o llámale como quieras). Recordó que las familias no mandan a sus hijos a clase en busca de amor sino de aprendizaje (conste que yo creo que de alguna cosa más), y que nos pagan por algo muy concreto y sujeto a unas directrices.

No voy a ocultar que me encantó porque lo entendí como una defensa de la profesionalidad, entendida con sentido común; como un saber diferenciar un colegio de otras instituciones sociales; como un argumento contra esa especie de buenismo que se instala a veces en los centros escolares (especialmente cuando se trata de alumnado con NEAE), y que incluso puede llevar a “dejaciones de funciones”.

Traslademos ahora ese razonamiento al personal de un centro de trabajo, del contexto educativo o de cualquier otro: ¿deben los compañeros de claustro, o de cualquier empresa, “quererse”?

Como ya se supondrá, creo que la respuesta debería seguir un razonamiento similar: los docentes tienen que cumplir sus funciones, tratándose mútuamente con corrección, pero yendo al trabajo a currar; para quererlos (e irse de cañas), ya están sus amigos, familias y allegados. Esto no quiere decir que no sea importante el tener un buen clima laboral, en el que haya empatía, reconocimiento, e incluso buen rollo: pero es algo que debe acompañar a la profesionalidad, no substituirla. Esto podría resultar peligroso, porque si todo el mundo se lleva muy bien pero no se hace lo que hay que hacer, ese colectivo deja de tener sentido. Como escuché hace años de alguien con quien todavía me llevo bien: “yo al instituto vengo a trabajar, no a hacer amigos, aunque tampoco voy a escapar si surgen”.

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